El tema de los vampiros es muy antiguo, con una fuerte dosis de misterio, intriga, lujuria, horror y ambigüedades, que a lo largo de los siglos han evolucionado hasta el punto en que los hechos reales y los imaginarios se funden para crear una de las más populares creencias de nuestros días; la existencia de los vampiros.
Así como el mito y la fantasía ha avanzado y adquirido una notable presencia en varios aspectos de la vida humana, parecería que dicho progreso ha ido de la mano con el desarrollo de la industria del entretenimiento.
Lo más interesante de esto, es la forma en que cada uno de nosotros piensa y entiende el vampirismo, pues en los tiempos antiguos en los que literalmente se vivía bajo su inminente amenaza, los vampiros eran vistos como criaturas horribles y malignas en las que las características más despreciables se unían para darles forma; pero en tiempos más recientes se ve al vampiro como un ser por demás sensual, enigmático e irresistible, capaz de robarse nuestro corazón (y nuestra sangre) con sólo una mirada o una tétrica sonrisa.
Orígenes de una palabra temible
Etimológicamente no se sabe a ciencia cierta de dónde proviene el término “vampiro”. Se cree que puede provenir de las siguientes raíces: uber (bruja) en turco y vampyr o wampyr en serbocroata. En 1734, aparece la palabra vampire escrita en inglés, en ese mismo siglo se incluye en el eslavo y el alemán y a partir de este momento la creencia del vampiro se esparce por todo el mundo fundamentándose en los acontecimientos ocurridos a partir de la peste negra y en 1843 se incluye la palabra “vampiro” en la Real Academia de la Lengua Española.
Los nombres más antiguos vienen del griego nosferatu, nosophoro (νοσοφορος), que se entendía como “portador de enfermedad”; en japonés se les conoce como kuei-jin o kyuuketsuki; en polaco se les denomina upiór probablemente derivado del upir en ruso antiguo; en latín se les llama vampyrus, de donde los escritos ingleses medievales se basaron para el vampiro o "cadáver sanguisugus".
De la realidad al mito
Definitivamente el origen de los vampiros es bastante oscuro y tortuoso, el cual nos remonta a un pasado lleno de supersticiones. La referencia más antigua que se conoce sobre los vampiros, proviene del grandioso imperio Persa (actual Irán) en donde se encontró una vasija antigua con el dibujo de un hombre luchando con una criatura semihumana que al parecer intenta alimentarse de su sangre.
Como con muchos otros aspectos de la cultura, el mito del vampiro no sólo ha trascendido las barreras del tiempo sino también del espacio, pues podemos encontrar referencias tanto en las antiguas civilizaciones como en Persia, Grecia, Egipto, e incluso en el México prehispánico; pero cada uno de estos pueblos comprendía estas creencias según su contexto y por su puesto según su propia cosmovisión; lo que todas tienen en común es que todos esos seres son muertos que regresan a la vida para atacar a las personas y alimentarse de su sangre o de su energía vital.
Así podemos encontrar otras apariciones de seres bebedores de sangre en historias como Las mil y una noches. Sherezada presenta a los llamados gules o ghoules (del árabe ghûl, que significa demonio), seres “no-muertos” que radican en el norte de Persia, beben sangre humana y normalmente viven en los cementerios. Otros aspectos del ghoul agregados al folclor árabe es que tienen la habilidad de transformarse en otros animales, especialmente la hiena; además, son capaces de tomar la forma de la persona que ha sido su presa.
Incluso en el lejano Oriente se creía en los Jiang Shi de China, también conocidos en Japón como Kyonshii que significa literalmente “cadáver rígido” y son los equivalentes al vampiro occidental. Un Jaing Shi eran personas que murieron violentamente o de manera no natural, también podía ser el alma de un muerto que no ha encontrado reposo; se caracterizan por estar en buen estado de conservación, sus uñas y cabello sigue creciendo, su piel es pálida, casi blanca pues no soportan la luz, sus extremidades son rígidas y suelen aparecer con vestimenta típica funeraria. Sólo los monjes taoístas son capaces de detener a estos seres mediante hechizos.
Si bien en el pasado remoto de estas culturas las características estaban bien definidas, aún no se tenían los rasgos que conocemos hoy día. Los vampiros más cercanos al estereotipo actual provienen de la edad media. Entre los siglos XIII y XVIII la creencia de los vampiros se asentó.
En esta época las enfermedades cobraban la vida de miles de personas y no había forma de combatirlas además de que las condiciones de salubridad eran escasas, una de las peores pandemias que azotó toda Europa fue provocada por la peste negra a mediados del siglo XIV.
En tiempos de epidemias, las tumbas solían ser reabiertas para depositar más cadáveres. En esas ocasiones los sepultureros llegaban a encontrarse con cadáveres que daban la impresión de estar vivos y más que saludables; tenían el cuerpo hinchado, con sangre escurriendo de sus bocas y con un agujero en el sudario. Además debido al desconocimiento de ciertas enfermedades, algunas personas eran enterradas vivas, por lo que cuando se llegaba a destapar sus tumbas, las mortajas estaban rasgadas, hechos que se le atribuía a un “no-muerto”. Otro hecho sobrenatural que reforzó la creencia fue que en algunas zonas, debido a las condiciones del suelo y el clima, los cadáveres tardaban más en descomponerse.
Así fue que el vampirismo comenzó a ser tratado de forma pseudo-científica y fue ligada a las creencias religiosas. En el siglo XVII el abad benedictino Agustín Calmet (1672-1757) publicó un libro titulado El Mundo de los Fantasmas en donde se incluye el ensayo Negociación y explicación de la materia y características de los Espíritus y los Vampiros, y así de los retornados de la muerte en Hungría, Moravia, etc, el cual sentó las bases de la creencia en los vampiros.
Por otro lado el murciélago vampiro tuvo un papel muy importante en el desarrollo del mito. Estos animales son de hábitos nocturnos y se alimentan de sangre, por lo general de animales de granja, a los que clavan sus colmillos y lamen la herida sangrante. Los seres humanos no suelen ser sus presas, pero sí han ocurrido casos de mordeduras. Cuando esto pasa, hay un periodo de incubación de 3 a 7 semanas; entre los síntomas están las convulsiones, babeo, fiebre inferior a los 38 grados, inquietud y fotosensibilidad (lo que los hacía permanecer ocultos en la oscuridad), además de que el enfermo presentaban conductas extrañas que pasaban por demoníacas.



